El bien público es un logro el siglo XX que en muchos casos debe incorporarse en la carta magna en cuanto a los derechos que todo individuo debe tener simplemente por ser parte integrante de la sociedad. Sin embargo, el dilema está es saber que derechos son intocables y que por solidaridad todos debemos financiar, y cuáles no lo son. Y sobre todo cuántos derechos nos podemos pagar.
La cantidad de derechos sociales que podemos pagar depende claramente de nuestra riqueza. Y aquí volvemos al debate histórico de la propiedad del excedente. Si el Estado como agente intermedio emplea la parte de excedente recaudado en cubrir derechos no tan básicos, estaremos perdiendo parte de la riqueza que puede generar más riqueza, pues esta cantidad no se ha destinado a pagar actividades que generan valor añadido en el tiempo sino a pagar actividades o gastos de un sólo uso. Si nos ponemos en el extremo, si todo el excedente lo recauda el Estado, no seríamos capaces de crecer salvo que gestionara eficientemente los recursos y desarrollara y financiara actividades de valor añadido. Pero este extremo no es viable pues la historia ha demostrado que nunca han funcionado las sociedades que las han puesto en práctica. Si por el contrario el Estado no recauda nada y es el mercado quien asigna los recursos, nos encontramos que tampoco se ha llegado muy lejos en la justicia y bienestar social de las sociedades que lo han puesto en práctica. No tenemos más remedio que encontrar un lugar de encuentro intermedio entre las dos posturas.
El problema es que los países desarrollados viven en un planeta en el que el 66% de sus habitantes no conocen el concepto de bien público. En el siglo XX era soportable pues existían unas barreras de entrada al mundo rico que impedía la competencia y así la riqueza se mantenía dentro de las fronteras. Pero en el siglo XXI en el que la globalización es casi ya un derecho, parece que su permanencia es insostenible. Los países desarrollados sólo tienen una opción para mantener su estado del bienestar que consiste simplemente en lograr cotas de eficiencia y competitividad muy elevadas de forma que mantenga el excedente en altas cotas. De otro modo existe otro mundo más necesitado que va a por todas para lograr unos mínimos niveles de bienestar social.
Es probable que buena parte de las sociedades occidentales no hayan comprendido todavía dónde estamos y qué partida estamos jugando. Y el caso de Grecia y en general, el excesivo endeudamiento de los países desarrollados, es un buen ejemplo. Si Europa no consigue avanzar en la integración económica y en limpiar todo aquello que impide engranar la máquina productiva nos encontraremos con una realidad aplastante. La riqueza se desplazará hacia aquellos que más y mejor hayan trabajado. Volvemos a la esencia de la vida.
Los mercados financieros se mueven por datos fundamentales y por conceptos técnicos, pero la dirección es arrolladora a lo largo del tiempo.
Javier Kessler Saiz, EAFI
Febrero 2010